La Naturaleza da elocuencia al hombre cuando le agitan grandes pasiones o le impulsa un gran interés; el que está vivamente conmovido ve las cosas bajo otro punto de vista que los demás hombres: usa rápidas comparaciónes y felices metáforas, sin darse cuenta de ello, animando su discurso y comunicando a los que le oyen parte de su entusiasmo.
El hombre elocuente consigue que la Naturaleza se refleje en las imágenes con que embellece su peyoración. El deseo natural de cautivar a sus jueces y a sus maestros, el recogimiento de su alma profundamente afectada, que se prepara a desarrollar los sentimientos que la excitan, son los primeros maestros del arte.
Esa misma Naturaleza es la que inspira algunas veces improvisaciones vivas y animadas.
Una pasión fogosa, un peligro inminente, hieren de repente la imaginación. Por ejemplo, un capitán de los primeros califas, al ver que los musulmanes huían, les gritó: «¿Hacia dónde huís? Por ese camino no encontraréis a los enemigos.» Esa misma frase se ha atribuido a varios capitanes, entre ellos a Cromwell.
Las almas fuertes abundan más que las almas delicadas.La Naturaleza, pues, es la que da la elocuencia, y si se dice que los poetas nacen y los oradores se hacen, se dice esto sólo cuando la elocuencia se ve obligada a estudiar las leyes, el carácter de los jueces y el método de la época; la Naturaleza sólo es elocuente a saltos.
La elocuencia nació antes que las reglas de la retórica, así como las lenguas se formaron antes que la gramática. Los preceptos nacieron siempre después del arte. Tisias fue el primero que recogió las leyes de la elocuencia, de las que la Naturaleza dicta las primeras reglas.
Poco después, Platón dice en su Gorgias que el orador debe tener la sutileza de los dialécticos, la ciencia de los filósofos, la dicción de los poetas, la voz y los gestos de los cómicos.
Aristóteles, después de demostrar Platón que la verdadera filosofía es la guía secreta del espíritu en todas las artes, profundizó los manantiales de la elocuencia en su libro titulado Retórica; hizo ver que la dialéctica es la base del arte de persuadir, y que ser elocuente es saber probar.
El uso de metáforas, con la condición de que sean propias y nobles, exigiendo sobre todo el lenguaje conveniente y decoroso. Todos sus preceptos respiran la justicia ilustrada del filósofo y la civilización, y al dictar reglas de elocuencia, es también elocuente por su sencillez (y no se perfeccionó hasta la época de Cicerón).
Dícese que la elocuencia sublime sólo se desarrolla con la libertad, y es porque consiste en decir verdades atrevidas, en hacer gala de las razones y de las pinturas fuertes. Casi nunca el señor desea que le digan la verdad; tiene miedo a las razones, y prefiere elogios rastreros a rasgos elocuentes.

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